Preparaba el desayuno escuchando la radio como todas las mañanas. Patricia se preparaba para ir a la Facultad, Rafael se afeitaba apresuradamente, Facundo estaba en Campo de Mayo cumpliendo con el Servicio Militar. De pronto, la transmisión fue interrumpida. La voz del locutor anunció estridente:
– “¡A las cinco de la mañana del día 2 de abril, han sido recuperadas nuestras Islas Malvinas!”

Vivió la euforia de la noticia, agitó banderas en Plaza de Mayo, lloró escuchando el Himno Nacional, le pareció que una inmensa enseña patria cubría la ciudad, el país, el planeta. En las sobremesas ya no hablaban de los agujeros negros ni de la física cuántica, se explayaban en comentarios sobre la marcha de los acontecimientos.

Los comunicados del Estado Mayor Conjunto, se sucedían en un cariz triunfalista.

La sorpresa derribó su entusiasmo cuando supo que la Primer Ministro británica Margaret Thatcher enviaba la Flota para recuperar las islas. Un gélido terror la invadió cuando se enteró que estaban enviando tropas al Sur. Inmediatamente pensó en su Facundo, hubiese querido traerlo a casa y protegerlo como cuando era un niño.

Lo vio partir en un camión cargado de muchachos entusiastas que cantaban: – “¡Ay, ay, ay, qué risa que me da, si quieren las Malvinas que las vengan a buscar!”
Su corazón se fue tras él y desde entonces no la abandonó una lacerante angustia.

Con Patricia prepararon tortas, escribieron cartas y tejieron guantes de lana para llevar a un canal de televisión donde se recaudaban fondos, correspondencia y alimentos para los combatientes. Escuchando a Rafael, aprendió acerca del TIAR, del misil Exocet, del sofisticado detalle de dispositivos que permitían ver de noche como si fuese mediodía, temas de los que no tenía conocimiento. Su visión era la de una ciudadana común para quien todo era novedoso.

Descubrió que no todos pensaban igual con respecto a la guerra. Un comentario en la oficina la sorprendió: – “¡Mejor que vengan los ingleses, si fuésemos una colonia estaríamos mucho mejor!” – le sonó a ofensa, a blasfemia, a sacrilegio.

Era mayo, el viento hostigaba las ventanas y el frío se adueñaba de la ciudad. La noticia la paralizó:
– “¡En un alevoso acto de agresión armada y en abierta violación de la Carta de las Naciones Unidas y del cese de hostilidades ordenado por la Resolución 502 del Consejo de Seguridad de la ONU, a las 17hs. del día 2 de mayo, el crucero ARA General Belgrano fue atacado y hundido por un submarino británico a 32 millas fuera de la zona de exclusión…”
La cara más horrible de la guerra se dibujó frente a los argentinos. Una mezcla de sensaciones la dominó, sintió estupor, indignación, impotencia, rabia.

Cuando el Papa Juan Pablo II después de besar el suelo argentino, bregó por la pacificación y el entendimiento, junto a él, oró fervorosamente por la Paz.

¡Cómo era posible que los ingleses desembarcaran en San Carlos! Empezó a sospechar que no todos eran éxitos. Los comunicados ya no eran tan optimistas, las noticias no eran alentadoras, el flujo de la información ya no tenía la misma dinámica. Al saber que habían comenzado encarnizados combates, sintió miedo. Las noches de junio eran alucinantes, la voz del viento parecía traer un mensaje doliente desde el Sur. Se desvelaba pensando, se estremecía imaginando a Facundo entre aquellos hombres ateridos, luchando contra un enemigo armado con la más moderna tecnología bélica. Ignoraba que su hijo sobrevivía escondido en un pozo de zorro, esa cueva húmeda y helada como las siniestras fauces de la tragedia. Sólo sabía de su martirio y de sus noches interminables. Desechaba la idea de la muerte.

El 11 de junio se inauguró en Barcelona el Campeonato Mundial de Fútbol. En todas partes resonaban los gritos de ¡¡¡Gooool!!! El lejano conflicto de Malvinas pasó a segundo término.

Supo que aviones ingleses atacaban Puerto Argentino y poco a poco fue tomando conciencia de la derrota. Estalló en un llanto callado, claudicante.

El 14 de junio se determinó la rendición de las tropas argentinas y fue el fin de la guerra. Las fuerzas de nuestro país se retiraban de Malvinas y comenzaba el lastimoso regreso de los ex combatientes.

Lo buscó desesperadamente, cada soldado que aparecía era un dardo clavado en su corazón, hasta que lo vio y entonces las lágrimas empañaron sus ojos, lo abrazó sin palabras y notó su mirada marcada por el espanto. Su muchacho no sería el mismo que había partido cantando. Abrazos y alegría configuraban el milagro del encuentro pero ahí estaban también el desgarro y el suplicio. Nunca podría olvidar a aquella mujer corriendo de un lado al otro llamando enloquecida a Marcelo, a su Marcelo, ese Marcelo que no descendía, que no aparecía y que quizás no volvería jamás.
Como a tantas madres, el temor por la vida de sus hijos la hundió en el horror y el abatimiento. Pero, como las otras, supo que la rabia ante el infortunio se transformaría en rebeldía y en la firme decisión de no darse por vencidos cuando en la mirada de Facundo leyó un callado “¡Volveremos!”

Sentada cómodamente, leía. De pronto, un portazo la sacó de su ensimismamiento.
– “¡Ufa! Papá me apagó la compu!”- Santiago, con el ímpetu de sus seis años protestaba indignado.
– “¿Ya hiciste las tareas del colegio?” – indagó, para distraerlo.
– “¡Sí Abu, ya hice todo y ahora estoy aburrido!” – dijo enfurruñado.
Llegó Paulita, sus ocho años lucían encantadores.
– “En esta casa no se puede hacer nada. Todo te lo prohíben. ¡Mamá no quiere que siga viendo tele..!”
– “Bueno,” – dijo, tratando de pacificar los ánimos – “no es tan grave, siéntense que les voy a contar una historia.”
Los niños se ubicaron interesados, mirándola fijamente.
– “¿Ustedes han oído hablar de las Islas Malvinas?” – preguntó sonriendo.
– “¡Ah, sí!” – contestó Santiago – “son unas islas chiquitas que la Seño siempre nos recomienda no olvidar cuando dibujamos el contorno de la Argentina.”
– “Yo sé que ahí hay cruces blancas y habitantes que no son argentinos.” – respondió Paulita.
– “Bueno,” – continuó – “les voy a contar una historia que todos debemos conocer, escuchen con atención: Era abril, el otoño recién había comenzado… era el 2 de abril de 1982… ”

© Olimpia Bordes

2 comentarios para “Era Abril”

  • LuCkY! says:

    bueno..como amante de Malvinas..la verdad q esta historia,este relato me emociono mucho……

    muy bueno!!!

    EXCELENTE!!!

    no la conoci..y de hecho recien la conosco…pero con poesias y cuentos asi..debo dcir que extrañaremos mucho a olimpia!!!!!
    mis condolencias p/toda su familia y amigos…

    LuCkY!

  • Graciela says:

    Gracias Lucky. Este relato nos dice que la Historia no es sólo la que se lee en los libros, diarios, o se ve en los documentales o Internet, sino también es la tradición oral. Las vivencias y experiencias de las personas de verdad se transmiten de generación en generación y así es como se forma la cultura de un país.
    “Era Abril” nos cuenta muchos detalles de la vida de una familia de Buenos Aires, de clase media, de cómo se vivía en los ’80s. No es la única historia, es una de tantas. Si tenés la suerte de tener padres o abuelos, preguntales a ellos. Pediles que te cuenten su historia. Entre todas las historias individuales, formaremos Nuestra Historia.

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